domingo 12 de abril de 2009


No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.



Anónimo

La paz de tus ojos

lunes 30 de marzo de 2009
No he podido esta vez, vuelvo a no ser, vuelvo a caer. Qué importa nada si yo, no sé reír, no sé sentir... Quiero oírte llorar y que me parta el corazón, quiero darte un beso sin pensar, quiero sentir miedo cuando me digas adiós, quiero que me enseñes a jugar. Sé que me he vuelto a perder, que he vuelto a desenterrar todo aquello que pasé. No sé ni cómo explicar que sólo puedo llorar, que necesito la paz que se esconde en tus ojos, que se anuncia en tu boca, que te da la razón. Ven cuéntame aquella historia de princesas y amores que un día te conté yo. Hoy he dejado de hablar, quiero callar, disimular. Sólo me queda esperar, verte pasar, reinventar. Quiero sentir algo y no sé por donde empezar, quiero que mi mundo deje de girar, quiero que mis manos tengan fuerza para dar, quiero asustarme si no estás.

Sé que me he vuelto a perder, que he vuelto a desenterrar todo aquello que pasé. No sé ni cómo explicar que sólo puedo llorar, que necesito la paz que se esconde en tus ojos, que se anuncia en tu boca, que te da la razón. Ven cuéntame aquella historia de princesas y amores que un día te conté yo.


>Pablo Benegas

usted no murmura tan bajo como cree...

miércoles 11 de febrero de 2009
Disculpe mi interrupción, señorita, he llevado a cabo la poco caballerosa acción de escuchar sus oraciones. Créame, Dios no es el único que la escucha.
Poner a un San Antonio de cabeza no le servirá mucho para encontrar un marido, menos ir a los salones y bailar con cualquier rufián que se le ponga enfrente, quizás la lujuria a la que se refiere sólo es una etapa de su venidera madurez, y venir diario a la iglesia, lo siento, no la salvará del infierno.
No, no se asuste, no vengo a la santa misa para espiar jóvenes inocentes, ni señoritas pecadoras como usted, la cosa es que usted no murmura tan bajo como cree y me fue inevitable oir sus conversaciones con el altísimo, no se preocupe. Prometo que no revelaré sus secretos, pero de los hombres junto a usted no puedo asegurarle nada, bueno, quizá me estoy adenlantando y esos hombres la conocen tanto como me gustaría conocerla.
Soy nuevo en el pueblo, y la verdad me intriga lo famosa que es usted, no hay joven que no le regale un saludo y la paz del señor se la desean todos esos amables caballeros, las señoras se abstienen, señorita, es posible que la envidien, seguro se olvidan que la envidia es un pecado capital y pecar dentro de la casa del señor refleja el poco respeto que tienen...
Ayudarla con alguno de sus multiples problemas no me causaría alguna molestia, es más, podría servirme como catársis para salir de los mios. Soy el encargado de la carnicería de Don Martín, cuando quiera puede ir a visitarme, la esperaré durante la semana y, quién sabe, quizás podría ser yo uno de los rufianes con los que sale a bailar, por que, sabe... no soy casado...

Manhattan

domingo 1 de febrero de 2009

La encontré sin buscarla, llegó un día sin que yo, y quizás nadie, la esperara.
Llovía, me gusta cuando llueve, estaba parada frente a mi hotel esperando un taxi, sin un paraguas que la protegiera de las veloces gotas que caen sobre Manhattan en un dìa de temporal, era muy bella, pero es posible que por su ropa de invierno ningún hombre, por buena vista que tuviera, lo pudiera notar, la diferencia es que me gusta ver los detalles, y estos, aunque obvios, por la ocasión eran algo difíciles.
Baje del auto de sitio y amablemente ella lo cedió a una anciana que recién salía del hotel con su nieta, le saludé y abordó rápidamente con la agradable y pequeña Daisy. Limpié mis lentes, abrí mi paraguas y ella se dedicó a leer los anuncios comerciales que le estaban impresos, le sonreí y ella se sonrojó, su mirada decía muchas cosas, tenía, incluso, un dejo de reconocimiento habitual para unos conocidos que hace mucho tiempo no se ven, yo se lo cedí, ella se negó avergonzada, me dijo con una risita nerviosa que ya estaba tan mojada que no se podía mojar más, insistí y entré caminado lentamente al hotel, sientiendo los pequeños golpesitos que daba el agua en mi espalda, y que, por el hábito del parasol, hace mucho tiempo no sentía.

Saludé a la recepcionista y pregunté si había mensajes, negó, agradecí y caminé hacia el ascensor y cuando pulsé el boton regresé mi mirada hacía la acera, ya no había nadie. "¿Piso cuatro?" preguntó el elevadorista, "sí, por favor".
Mi habitación, como siempre, estaba ordenada. Mi rutina diaria tenía como ley dejar un cuarto limpio antes de las labores del trabajo, me recosté en la cama, encendí el telvisor y abrí el libro de menos de trescientas páginas que estaba sobre mi mesita de noche, al lado de la lampara de cristal labrado que el gerente me había regalado el último mes. No puse atención al noticiero, ni al libro, en mi mente solo estaba ella, la chica de la acera. Subí el volumen de la televisión y cambié el canal por uno de dibujos animados, necesitaba una catársis liberadora de ideas cuasiimposibles, di más de dos vueltas de página a mi libro, y caí dormido como después de una agotante rutina de gimnasio.

Desperté con el servicio por teléfono que ofrecía la recepción, tomé un baño y bajé a desayunar. Me tomé mi tiempo en ver el buffet, me decidí por una ensalada de frutas de la temporada que se veía muy fresca y un caliente café energizante para contrarrestar las inclemencias del mes. Y allí estaba ella, en la mesa del centro, con un divertido sombrerito antiguo y mi paraguas sostenido en su regazo. Tomé mi plato y fui a su mesa. "Buenos días" le dije, "Buenos días" me respondió dando un sorbo a su aromático capuccino sabor a moka, "le traje su sombrilla, muchas gracias", "gracias a usted, no era necesario". Su voz no parecía proviniente de su cuerpo, era fuerte y su cuerpo el de una trabajadora muchacha provinciana. Sus ojos no eran como su mirada, eran fríos, azules y fríos, su mirada era tenue, cálida podría decirse, sincera a más no poder. "¿Nos hemos visto antes?" preguntó, "No, no creo" le respondí deseando que mi respuesta fuera contraria, "¿Vives aquí?", "los últimos cinco meses" le dije "estoy trabajando". La charla fue muy larga, el café se heló al igual que el tiempo, nuestras voces se deshicieron en el aire pero perduran en mi mente. Subimos a mi habitación, nos besamos hasta que nuestros labios se fundieron, nuestros cuerpos se hicieron uno solo y el amor se separó en mil partes.

Cuando desperté ella ya no estaba, había desaparecido como hace un día lo había hecho en la acera, solo quedaba mi sombrilla con su perfume penetrado. Pregunté por ella y nadie supo a donde fue, ni la recepcionista, ni los meseros. Busqué en el directorio y me di cuenta que no sabía su nombre, solo me quedaba su aroma, el aroma que en la proxima lluvia iba a caer junto con las veloces gotas que caen sobre Manhattan en un día de temporal.

Que da medio para amar sin mucha pena

miércoles 14 de enero de 2009
Yo no puedo tenerte ni dejarte, 
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte, 
se encuentra un no sé qué para quererte 
y muchos sí sé qué para olvidarte,
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte, 
yo templaré mi corazón de suerte 
que la mitad se incline a aborrecerte 
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo, 
que es morir el estar siempre riñendo: 
no se hable más en celo y sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo; 
y cuandome la estás allá haciendo, 
sabe que estoy haciendo la deshecha.

Sor Juana Inés de la Cruz

Metamorfosis

miércoles 17 de diciembre de 2008

Era un cautivo beso enamorado
de una mano de nieve, que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvió suspiro.


Luis G. Urbina

Ilusión

jueves 27 de noviembre de 2008
Hoy comienzo con estas historias, estos relatos que comienzan cuando cierras los ojos y la luz se apaga, cuando la luna entra por la ventana y me siento a tu diestra esperando que Morfeo haga su trabajo. El primero es Ilusión.


Había una vez un campesino gordo y feo
que se había enamorado (¿cuándo no?)
de una princesa hermosa y rubia...
Un día la princesa —vaya a saber por qué—,
le dio un beso al feo y gordo campesino...
y mágicamente éste se transformó
en un esbelto y apuesto príncipe
(por lo menos así lo veía ella...)
(por lo menos... así se sentía él).


Jorge Bucay
Cuentos para pensar