
La encontré sin buscarla, llegó un día sin que yo, y quizás nadie, la esperara.
Llovía, me gusta cuando llueve, estaba parada frente a mi hotel esperando un taxi, sin un paraguas que la protegiera de las veloces gotas que caen sobre Manhattan en un dìa de temporal, era muy bella, pero es posible que por su ropa de invierno ningún hombre, por buena vista que tuviera, lo pudiera notar, la diferencia es que me gusta ver los detalles, y estos, aunque obvios, por la ocasión eran algo difíciles.
Baje del auto de sitio y amablemente ella lo cedió a una anciana que recién salía del hotel con su nieta, le saludé y abordó rápidamente con la agradable y pequeña Daisy. Limpié mis lentes, abrí mi paraguas y ella se dedicó a leer los anuncios comerciales que le estaban impresos, le sonreí y ella se sonrojó, su mirada decía muchas cosas, tenía, incluso, un dejo de reconocimiento habitual para unos conocidos que hace mucho tiempo no se ven, yo se lo cedí, ella se negó avergonzada, me dijo con una risita nerviosa que ya estaba tan mojada que no se podía mojar más, insistí y entré caminado lentamente al hotel, sientiendo los pequeños golpesitos que daba el agua en mi espalda, y que, por el hábito del parasol, hace mucho tiempo no sentía.
Saludé a la recepcionista y pregunté si había mensajes, negó, agradecí y caminé hacia el ascensor y cuando pulsé el boton regresé mi mirada hacía la acera, ya no había nadie. "¿Piso cuatro?" preguntó el elevadorista, "sí, por favor".
Mi habitación, como siempre, estaba ordenada. Mi rutina diaria tenía como ley dejar un cuarto limpio antes de las labores del trabajo, me recosté en la cama, encendí el telvisor y abrí el libro de menos de trescientas páginas que estaba sobre mi mesita de noche, al lado de la lampara de cristal labrado que el gerente me había regalado el último mes. No puse atención al noticiero, ni al libro, en mi mente solo estaba ella, la chica de la acera. Subí el volumen de la televisión y cambié el canal por uno de dibujos animados, necesitaba una catársis liberadora de ideas cuasiimposibles, di más de dos vueltas de página a mi libro, y caí dormido como después de una agotante rutina de gimnasio.
Desperté con el servicio por teléfono que ofrecía la recepción, tomé un baño y bajé a desayunar. Me tomé mi tiempo en ver el buffet, me decidí por una ensalada de frutas de la temporada que se veía muy fresca y un caliente café energizante para contrarrestar las inclemencias del mes. Y allí estaba ella, en la mesa del centro, con un divertido sombrerito antiguo y mi paraguas sostenido en su regazo. Tomé mi plato y fui a su mesa. "Buenos días" le dije, "Buenos días" me respondió dando un sorbo a su aromático capuccino sabor a moka, "le traje su sombrilla, muchas gracias", "gracias a usted, no era necesario". Su voz no parecía proviniente de su cuerpo, era fuerte y su cuerpo el de una trabajadora muchacha provinciana. Sus ojos no eran como su mirada, eran fríos, azules y fríos, su mirada era tenue, cálida podría decirse, sincera a más no poder. "¿Nos hemos visto antes?" preguntó, "No, no creo" le respondí deseando que mi respuesta fuera contraria, "¿Vives aquí?", "los últimos cinco meses" le dije "estoy trabajando". La charla fue muy larga, el café se heló al igual que el tiempo, nuestras voces se deshicieron en el aire pero perduran en mi mente. Subimos a mi habitación, nos besamos hasta que nuestros labios se fundieron, nuestros cuerpos se hicieron uno solo y el amor se separó en mil partes.
Cuando desperté ella ya no estaba, había desaparecido como hace un día lo había hecho en la acera, solo quedaba mi sombrilla con su perfume penetrado. Pregunté por ella y nadie supo a donde fue, ni la recepcionista, ni los meseros. Busqué en el directorio y me di cuenta que no sabía su nombre, solo me quedaba su aroma, el aroma que en la proxima lluvia iba a caer junto con las veloces gotas que caen sobre Manhattan en un día de temporal.